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Estroncio, huesos y territorio: una hipótesis ambiental que se puede medir

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Cuando varias personas de una misma familia presentan osteoporosis, osteopenia o lo que coloquialmente llamamos «descalcificación de los huesos», resulta razonable hacerse una pregunta: ¿comparten únicamente genética o también una exposición ambiental?

Entre los elementos que merecen ser estudiados está el estroncio (Sr), elemento químico de número atómico 38.

El estroncio se encuentra naturalmente en rocas, suelos, polvo y agua. También pasa a las plantas y, a través de ellas, a la cadena alimentaria. Los alimentos y el agua potable constituyen las principales vías normales de exposición humana.

¿Por qué interesa el estroncio cuando hablamos de huesos?

Porque químicamente se parece al calcio.

El organismo puede absorber estroncio y una parte termina incorporándose al tejido óseo. En los adultos se deposita principalmente sobre la superficie del hueso; durante el crecimiento puede participar más directamente en su fracción mineral.

Eso no significa que cualquier cantidad de estroncio sea perjudicial.

Las concentraciones normales presentes en alimentos y agua son generalmente demasiado pequeñas para producir alteraciones óseas. Sin embargo, exposiciones excepcionalmente altas a estroncio estable han producido alteraciones de la mineralización, especialmente en organismos en crecimiento y cuando simultáneamente existe una alimentación deficiente en calcio o proteínas.

Por tanto, la pregunta correcta no es:

«¿Hay estroncio?»

porque prácticamente todos estamos expuestos a pequeñas cantidades.

La pregunta relevante sería:

«¿Hay una concentración anormalmente elevada de estroncio en una fuente que esta familia haya compartido durante años?»

La geología importa

Una de las principales fuentes minerales de estroncio es la celestina o celestita, cuya fórmula es:

SrSO₄ — sulfato de estroncio.

Su propio nombre no procede del estroncio sino de su frecuente color azul celeste: celestina está relacionada con el latín caelestis, «celestial» o «del cielo».

La celestina aparece especialmente asociada a terrenos sedimentarios y puede encontrarse junto a materiales como yeso, anhidrita y otros minerales evaporíticos.

Pero el estroncio no necesita presentarse como celestina visible. Puede estar disperso dentro de otros minerales y rocas, sustituyendo parcialmente al calcio. Por eso también aparece en carbonatos y en diferentes rocas ígneas y volcánicas.

La consecuencia hidrogeológica es interesante:

roca → meteorización → suelo → agua subterránea → plantas/alimentos → organismo

Eso no demuestra toxicidad, pero establece una ruta ambiental que puede investigarse.

Si varios miembros de una familia tienen problemas óseos

Antes de atribuirlos al estroncio habría que estudiar otras explicaciones mucho más habituales: antecedentes familiares, edad, menopausia y otros cambios hormonales, niveles de calcio y vitamina D, alimentación, actividad física, tabaco, consumo elevado de alcohol, determinadas enfermedades y medicamentos como corticoides, algunos antiepilépticos o inhibidores de la bomba de protones.

Pero una hipótesis ambiental también puede ponerse a prueba.

Por ejemplo, si diferentes miembros de una familia:

  • vivieron durante décadas en la misma casa;
  • bebieron agua del mismo pozo, fuente o acuífero;
  • consumieron alimentos de un mismo terreno;
  • o estuvieron relacionados con una actividad industrial o mineral determinada,

sería posible analizar esa exposición en lugar de especular sobre ella.

En agua, el estroncio puede determinarse mediante técnicas como ICP-MS o ICP-OES. También puede analizarse suelo, roca y determinados alimentos.

El estroncio puede medirse además en sangre, orina, heces o cabello, aunque estas determinaciones no permiten por sí solas reconstruir perfectamente la exposición histórica ni demostrar que el estroncio sea responsable de una enfermedad ósea.

Ahí está la diferencia entre una sospecha y una investigación:

la sospecha pregunta; la medición responde.

Celestina y Palestina: una coincidencia sonora

Hay además una asociación lingüística curiosa: celestina y Palestina presentan una semejanza fonética parcial.

Pero etimológicamente no tienen relación.

Celestina deriva de una denominación relacionada con el latín caelestis, por el color celeste del mineral.

Palestina, en cambio, procede históricamente del griego Palaistinē, relacionado con denominaciones anteriores de Filistea y los filisteos.

Por tanto:

celestina ≠ Palestina

La proximidad sonora puede generar una asociación mental interesante, pero no constituye una relación histórica, mineralógica ni política.

Y aquí aparece una cuestión distinta, propia de la psicología del lenguaje: nuestro cerebro relaciona palabras no solamente por su significado, sino también por su sonido. Una semejanza fonética puede provocar asociaciones, juegos de palabras o conexiones simbólicas aunque los términos no compartan origen.

Eso puede estudiarse como fenómeno semántico, fonético o memético, pero sería un salto injustificado afirmar que el sonido de una palabra determina el comportamiento político de una sociedad o de un territorio.

Precisamente distinguir esos niveles mejora una investigación:

sonido → asociación mental

no equivale a:

sonido → causalidad histórica o política.

Una hipótesis comprobable

Si existe una concentración familiar de problemas de mineralización ósea y existe además una posible fuente geológica de estroncio, la hipótesis interesante no es afirmar que una cosa causa la otra.

Es formular una pregunta que pueda comprobarse:

¿Existe una exposición al estroncio significativamente superior a la habitual entre las personas afectadas?

Se podría comparar:

geología local + agua utilizada históricamente + concentración de Sr + historial residencial + dieta + datos médicos

con personas de la misma familia que no presentan pérdida significativa de masa ósea.

Si no aparece una exposición diferencial, la hipótesis pierde fuerza.

Si aparece, entonces existiría una razón objetiva para estudiarla con mayor profundidad.

La ciencia empieza precisamente ahí: no cuando encontramos una coincidencia que nos gusta, sino cuando diseñamos una forma de intentar demostrar que la coincidencia puede ser falsa.

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