Cuando hablamos de microquimerismo, hablamos de algo extraordinario: una pequeña población de células procedentes de otro individuo puede permanecer dentro de nuestro organismo durante años o incluso décadas.
No son microorganismos. Son células humanas completas, genéticamente diferentes de las nuestras.
El ejemplo mejor estudiado ocurre durante el embarazo. Células del feto pueden pasar a la madre y células de la madre pueden pasar al hijo. Algunas desaparecen; otras pueden permanecer mucho tiempo después.
Pero aquí aparece una pregunta especialmente interesante:
¿importa dónde termina alojándose esa célula?
Probablemente sí.
Se han detectado células microquiméricas en numerosos órganos y tejidos: pulmón, hígado, riñón, corazón, tiroides, piel, médula ósea, cerebro y otros lugares. El pulmón aparece con especial frecuencia, posiblemente porque constituye uno de los primeros grandes lechos capilares que encuentran las células que circulan por la sangre procedente del útero.
Sin embargo, encontrar la misma célula en diferentes órganos no significa necesariamente que vaya a comportarse de la misma manera.
El órgano podría cambiar el comportamiento de la célula
Una célula existe dentro de un entorno.
El hígado, el pulmón, el riñón, el cerebro o la tiroides tienen señales químicas, células vecinas, metabolismo y condiciones inmunológicas completamente diferentes.
Por tanto, una célula microquimérica que llegue al hígado podría recibir señales distintas de otra que llegue al riñón.
Y esto plantea una hipótesis muy interesante:
el efecto del microquimerismo podría depender no solamente de qué células entran en nuestro organismo, sino también de dónde terminan alojándose.
Hay observaciones que apuntan precisamente en esta dirección.
Se han encontrado células microquiméricas con características de hepatocitos en el hígado, células tubulares en el riñón, células similares a cardiomiocitos en el corazón y otros fenotipos especializados dependiendo del tejido donde aparecen.
Esto plantea una posibilidad fascinante: algunas células podrían responder al entorno del órgano y adquirir características relacionadas con ese tejido.
¿Reparación, inflamación o simplemente presencia?
Aquí todavía quedan muchas preguntas abiertas.
Una de las hipótesis es que determinadas células microquiméricas podrían desplazarse hacia tejidos lesionados y colaborar en mecanismos de reparación o regeneración.
Otra posibilidad es que, en determinadas circunstancias, el sistema inmunitario reconozca esas células genéticamente diferentes y genere una respuesta inflamatoria.
También existe una tercera posibilidad mucho menos espectacular pero igualmente importante: que muchas de ellas permanezcan allí sin producir ningún efecto clínicamente relevante.
Actualmente se han encontrado asociaciones entre microquimerismo y fenómenos tan diferentes como reparación tisular, enfermedades autoinmunes, cáncer y regulación inmunológica. Pero asociación no significa necesariamente causalidad.
Ese detalle es fundamental.
Encontrar más células microquiméricas en un órgano enfermo no demuestra automáticamente que hayan provocado la enfermedad. También podría ocurrir justamente lo contrario: que el tejido lesionado haya emitido señales que atraigan esas células para intentar repararlo.
Una pregunta que quizá deberíamos estudiar más
Por tanto, quizá no baste con preguntar:
“¿Tiene esta persona microquimerismo?”
Podríamos necesitar preguntas mucho más precisas:
¿Qué células son?
¿De quién proceden?
¿Cuántas hay?
¿Dónde están?
¿En qué órgano se han instalado?
¿En qué tipo celular se han convertido?
¿Y qué está ocurriendo en ese tejido?
Porque posiblemente el microquimerismo no sea un fenómeno único.
Una célula alojada en el pulmón, otra integrada en el hígado y otra presente en el cerebro están sometidas a ambientes biológicos completamente diferentes.
Mi observación sería, por tanto, esta:
El verdadero efecto del microquimerismo quizá no dependa solamente de tener células de otro individuo dentro del organismo, sino del órgano, tejido y microambiente en el que esas células terminan viviendo.
La investigación ya está explorando parte de esta cuestión, pero todavía desconocemos gran parte de sus consecuencias.
Y eso transforma nuestra manera de pensar el cuerpo humano.
Quizá biológicamente no somos exclusivamente un conjunto cerrado de nuestras propias células.
En determinados casos, podemos conservar durante décadas unas pocas células procedentes de otras personas.
Y la pregunta más interesante quizá no sea solamente quién nos dejó esas células, sino dónde fueron a parar y qué están haciendo allí.
Esto en una observacion a partir de que mi abuela fue nodriza. Pero esto se puede producir aparte de la leche materna, en las relaciones sexuales, pero no se si en la leche de los hombres. A investigar. Esto hay muy poca investigacion.