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España: cuando hacer las cosas mal se convierte en cultura

Sala d’espera de l’oficina pública

 

¿Por qué parece que en nuestra sociedad se premia más hacer lo mínimo que hacer las cosas bien?

España tiene un problema que va más allá de la política, la corrupción o la falta de recursos económicos. Es algo más profundo: una determinada cultura del trabajo, del esfuerzo y del reconocimiento social.

Parece que, en muchos ambientes, hacer lo mínimo necesario está socialmente aceptado, mientras que trabajar más, innovar o intentar destacar puede provocar rechazo.

No significa que todos los españoles sean así. Existen profesionales excelentes, empresarios, investigadores y trabajadores que hacen las cosas extraordinariamente bien. Pero también existe una actitud colectiva que merece ser cuestionada.

¿Por qué a veces parece que se admira más a quien consigue trabajar menos que a quien consigue hacer mejor su trabajo?

El trabajo como castigo o como creación

Hay una curiosidad lingüística que invita a reflexionar.

La palabra castellana trabajo se relaciona tradicionalmente con el latín tripalium, un instrumento asociado al sufrimiento y la tortura. Aunque existen debates sobre los detalles de esta evolución etimológica, la vinculación histórica del trabajo con el esfuerzo y el padecimiento es conocida.

En catalán utilizamos también otra palabra: feina, procedente del latín facienda, que significa «cosas que deben hacerse».

La diferencia conceptual resulta interesante.

Una palabra evoca sufrimiento; la otra, una actividad pendiente de realizar.

Incluso existe la expresión catalana anar per feina, que significa ponerse a hacer lo que corresponde, sin perder el tiempo.

Naturalmente, las palabras no determinan por sí solas cómo se comporta una sociedad. Pero pueden ayudarnos a reflexionar sobre cómo entendemos nuestras actividades.

¿Trabajamos para soportar una obligación o para conseguir un resultado?

Una sociedad que desconfía del éxito

En Estados Unidos existe una tradición cultural que suele asociar el éxito económico con la iniciativa, la innovación y el esfuerzo individual.

En España, en cambio, también encontramos una actitud de sospecha hacia quien prospera.

Si alguien consigue ganar mucho dinero, no siempre nos preguntamos qué ha creado o qué valor aporta. A veces la primera reacción es sospechar de cómo lo ha conseguido.

Esto no significa que toda riqueza sea admirable ni que todo éxito económico proceda del mérito. Existen fortunas legítimas y otras obtenidas mediante privilegios, abusos o corrupción.

Pero tampoco tiene sentido despreciar automáticamente a quien consigue prosperar.

Una sociedad necesita reconocer el talento, la creatividad y la capacidad de producir resultados.

Según una encuesta de Ipsos publicada en 2024, solamente el 36 % de los españoles consideraba que las posibilidades de éxito dependían principalmente del mérito y del esfuerzo personal.

Este dato no demuestra que los españoles rechacen el esfuerzo, pero sí refleja una confianza limitada en que trabajar bien permita progresar.

Cuando una sociedad deja de creer que el esfuerzo sirve para mejorar, corre el riesgo de dejar de recompensarlo.

Mucho presupuesto, pocos resultados

Esta mentalidad también puede trasladarse a las instituciones públicas.

España ha recibido enormes cantidades de fondos europeos destinados a modernizar infraestructuras, digitalizar servicios y mejorar su economía.

Sin embargo, seguimos encontrando instalaciones antiguas, sistemas informáticos que funcionan deficientemente, procedimientos burocráticos interminables e infraestructuras que necesitan renovaciones.

Cualquier ciudadano puede encontrarse con ordenadores obsoletos en una oficina pública o trámites que deberían resolverse en minutos y terminan requiriendo horas.

El problema no siempre es la falta de dinero.

A veces parece que lo importante es ejecutar el presupuesto, justificar el gasto y completar el procedimiento, independientemente de si el resultado mejora realmente la vida de las personas.

Y aquí aparece la cuestión fundamental:

¿Estamos financiando soluciones o simplemente financiando actividades?

Gastar un millón de euros no constituye ningún éxito si el problema continúa existiendo.

En cambio, resolverlo con cien mil euros debería considerarse un logro extraordinario.

Pero ¿cuántas veces se recompensa realmente esa eficiencia?

Los fondos europeos: dinero disponible que no siempre se aprovecha

La gestión de las ayudas europeas ofrece ejemplos concretos de este problema.

En julio de 2025, la Comisión Europea suspendió aproximadamente 1.100 millones de euros del quinto desembolso de fondos NextGenerationEU destinados a España por incumplimientos relacionados con reformas comprometidas.

No se trataba simplemente de una crítica política: Bruselas condicionó parte de la financiación al cumplimiento de obligaciones concretas.

En mayo de 2026, el Tribunal de Cuentas Europeo publicó otro informe especialmente significativo.

Los auditores denunciaron deficiencias en la transparencia de los fondos de recuperación y señalaron expresamente que España comunicaba cantidades asignadas a beneficiarios en lugar de las cantidades efectivamente recibidas.

También detectaron dificultades para conocer los costes reales de las inversiones y evaluar sus resultados.

En otras palabras: se puede conocer cuánto dinero se ha comprometido sin disponer de información suficiente sobre cuánto ha llegado realmente a cada destinatario y qué se ha conseguido con él.

Existen incluso casos de devolución de dinero europeo por proyectos que no llegaron a ejecutarse.

En San Lorenzo de El Escorial, el Ayuntamiento renunció a una ayuda de aproximadamente 2,7 millones de euros destinada a la rehabilitación energética de viviendas, después de no conseguir poner en marcha la convocatoria correspondiente dentro del plazo previsto.

El dinero debía beneficiar a numerosas viviendas, pero el proyecto no se desarrolló como estaba previsto.

Por otra parte, España ha renunciado a utilizar una parte importante de los préstamos europeos inicialmente disponibles, aunque esto debe diferenciarse de devolver subvenciones: rechazar un préstamo no significa necesariamente perder una ayuda ni demuestra por sí solo una mala gestión.

Estos casos plantean una cuestión incómoda:

¿Cómo es posible que existan necesidades importantes, dinero disponible para atenderlas y, aun así, algunos proyectos terminen sin realizarse?

No todos los incumplimientos demuestran negligencia. Pueden existir dificultades técnicas, económicas o legales.

Pero precisamente por eso necesitamos conocer las causas, evaluar los resultados y exigir responsabilidades cuando corresponda.

Los trenes: tecnología antigua en infraestructuras críticas

Otro ejemplo preocupante es el accidente ferroviario ocurrido el 28 de octubre de 2026 en Urda, Toledo, cuando un AVE de Renfe colisionó con un tren Iryo detenido.

El accidente estuvo precedido por un fallo informático en las comunicaciones entre tres ordenadores del sistema de seguridad ferroviaria LZB.

Este sistema comenzó a utilizarse en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla en 1992 y estaba pendiente de ser sustituido por la tecnología europea más moderna ERTMS.

Es decir, más de tres décadas después de inaugurarse aquella infraestructura, todavía funcionaba con una tecnología concebida en otra época.

La antigüedad de una tecnología no significa automáticamente que sea insegura. Muchos sistemas industriales están diseñados para funcionar durante décadas. Pero requieren mantenimiento, actualizaciones y procedimientos de seguridad adecuados.

En este caso, según las primeras investigaciones, tras el fallo informático los trenes se detuvieron automáticamente, pero posteriormente se autorizó a uno de ellos a continuar mientras otro permanecía inmovilizado en la vía.

La investigación deberá determinar todas las responsabilidades y las causas definitivas.

Lo preocupante es que una avería técnica pudiera desencadenar una cadena de decisiones que los mecanismos de seguridad no consiguieron detener.

¿Cómo puede una infraestructura estratégica acumular décadas de funcionamiento con tecnologías pendientes de renovación mientras se anuncian constantemente nuevas inversiones?

No basta con construir infraestructuras modernas. También hay que mantenerlas, renovarlas y garantizar que las personas encargadas de utilizarlas estén adecuadamente preparadas.

La modernización no debería medirse por los anuncios de inversión, sino por la seguridad y la calidad del servicio que finalmente recibe el ciudadano.

La cultura del mínimo esfuerzo

En determinadas organizaciones puede aparecer una norma no escrita: no hagas demasiado, no destaques y no compliques las cosas.

Quien intenta mejorar un procedimiento puede terminar generando incomodidad entre sus compañeros o superiores.

Quien se limita a cumplir estrictamente su horario y evita responsabilidades adicionales puede encontrar una vida profesional más tranquila.

El problema no es descansar. El descanso es necesario, y trabajar muchas horas no equivale a trabajar bien.

El verdadero problema aparece cuando se confunde la tranquilidad con la ineficiencia y se considera molesto a quien intenta mejorar las cosas.

Entonces se produce una contradicción: las personas con iniciativa pueden sentirse desmotivadas, mientras que las actitudes conformistas se perpetúan.

Una sociedad no progresa simplemente trabajando más horas, sino trabajando mejor, utilizando adecuadamente sus conocimientos y reconociendo los resultados.

Igualdad no significa que todos aportemos lo mismo

Otra contradicción aparece cuando confundimos la igualdad de derechos con la igualdad de capacidades, conocimientos o contribuciones.

Todas las personas deben tener la misma dignidad, los mismos derechos fundamentales y las mismas oportunidades de participar en la sociedad.

Pero eso no significa que todas tengan los mismos conocimientos ni que sus aportaciones sean idénticas.

Una persona puede dominar la medicina, otra la electrónica, otra la agricultura y otra la economía.

¿Por qué deberíamos ignorar esas diferencias cuando necesitamos tomar decisiones técnicas?

Una democracia debe garantizar que todos los ciudadanos tengan voz y derechos políticos iguales, pero también puede incorporar mecanismos para aprovechar mejor el conocimiento especializado.

Aquí entra una idea que he desarrollado anteriormente: un sistema de democracia apoyado en tecnología blockchain, https://abocu.es/2026/10/08/del-voto-ponderado-a-la-contabilidad-de-las-contribuciones/ donde las decisiones puedan registrarse y verificarse de manera transparente.

La participación ciudadana podría complementarse con evaluaciones públicas de las propuestas, conocimientos acreditados y mecanismos de responsabilidad.

No se trataría de conceder más derechos fundamentales a unos ciudadanos que a otros, ni de convertir la riqueza en poder político.

Se trataría de reconocer que las decisiones complejas necesitan conocimiento y que ese conocimiento debe ponerse al servicio de todos.

La tecnología blockchain podría aportar trazabilidad y transparencia, aunque por sí sola no garantiza decisiones correctas ni elimina la corrupción.

Ni izquierda ni derecha: hacer las cosas bien

Quizás el verdadero avance político no consista en elegir constantemente entre dos ideologías enfrentadas.

La pregunta debería ser mucho más sencilla:

¿Qué sistema permite resolver mejor los problemas con los recursos disponibles?

No importa si una buena solución procede de una persona conservadora, socialista, liberal o de alguien que no se identifica con ninguna ideología.

Lo importante debería ser comprobar si funciona, cuánto cuesta y qué beneficios produce.

Una administración eficiente no es necesariamente la que gasta menos, sino la que obtiene mejores resultados utilizando responsablemente sus recursos.

Y una sociedad avanzada no es aquella donde todos hacen lo mismo, sino aquella donde cada persona puede desarrollar sus capacidades sin que su éxito provoque rechazo.

La verdadera transformación es cultural

Podemos invertir miles de millones en tecnología, inteligencia artificial, infraestructuras y modernización administrativa.

Pero si mantenemos una cultura donde la iniciativa incomoda, el esfuerzo no se reconoce y la mediocridad resulta más cómoda que la excelencia, una parte de esas inversiones perderá su potencial.

Las tecnologías pueden ayudarnos a mejorar los sistemas, pero no sustituyen la necesidad de cambiar nuestras actitudes.

Necesitamos dejar de admirar al que menos hace y empezar a valorar al que mejor resuelve.

No se trata de trabajar hasta el agotamiento, competir despiadadamente ni despreciar a quienes necesitan ayuda.

Se trata de reconocer que crear, mejorar, innovar y hacer las cosas bien debería ser motivo de satisfacción colectiva.

Porque una sociedad que castiga el éxito legítimo y tolera la ineficiencia termina perjudicando precisamente a las personas que pretende proteger.

Y quizás la revolución que necesitamos no sea política ni tecnológica.

Quizás sea algo tan sencillo, y tan difícil, como recuperar el orgullo de hacer las cosas bien.


Fuentes y referencias

1. Comisión Europea — Fondos NextGenerationEU (7 de julio de 2025).
Información sobre la suspensión de aproximadamente 1.100 millones de euros por objetivos y reformas incumplidos. RTVE.

2. Tribunal de Cuentas Europeo — Informe especial publicado el 6 de mayo de 2026.
Evaluación de la transparencia y trazabilidad del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, incluidas las deficiencias detectadas en la información publicada por España.

3. Cadena SER — 3 de marzo de 2026.
Información sobre la devolución de 2.696.520,75 euros de fondos europeos destinados a rehabilitación energética en San Lorenzo de El Escorial.

4. RTVE, Agencia EFE y El País — 28-30 de octubre de 2026.
Informaciones sobre el accidente ferroviario de Urda, el fallo del sistema LZB, las instrucciones del centro de control y la sustitución prevista por tecnología ERTMS.

5. Ipsos — Estudio sobre meritocracia en España (2024).
Percepción ciudadana de la relación entre mérito, esfuerzo personal y oportunidades de éxito.

6. Diccionari Català-Valencià-Balear.
Origen etimológico de la palabra catalana feina.

 

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