Si queremos seducir al cliente en un restaurante con “espécimen de especie especiada especial al horno”, no creo que lo consigamos y que lo que vamos a cocinar no es muy concreto y vamos a darle al camarero a hacer múltiples aclaraciones.

Tampoco un escueto y claro “patatas con carne” seria recomendable poner en una carta ni en un menú. O los dictados poematicos de “alegoría de nube de fresas besadas por chocolate” en mi opinión serian un ejemplo como no deberíamos explayarnos en derrochar imaginación al describir un plato. Hubo un caso que creo que llego a la justicia denunciado por un grupo feminista, evidentemente obligado a retirar, en la que el plato se nombraba “patata violada”.

Una descripción no muy larga, bonita, con algún adjetivo, concreta, que aliente la curiosidad a probarlo, con una innovación, etc … seria una idea para nombrar un plato, pero no es tan fácil. Para hacerlo técnicamente tendríamos que recurrir al marketing con el naming o slogan publicitario para crear el nombre de cada plato, si el restaurador tuviera estas habilidades para crearlo o dinero para pagarlas.

El nombre del plato es un atributo, etiqueta o identidad que le conferimos , pero si no se corresponde a lo descrito estamos creando desconfianza o engaño. Pero todos usamos nuestros mapas metales para describir las cosas y unos mapas pueden chocar los unos con otros.

Con una aproximación de lo que dijo un filosofo clásico que no recuerdo su nombre, decir lo correcto, en cada momento, con la justa medida seria lo deseable, pero es utópico.